Artículo revisado y actualizado en septiembre de 2026
¡Tienes que ser fuerte! Desde pequeños nos han enseñado que debemos ser fuertes, que no debemos mostrar nuestras emociones o compartir nuestros problemas a otras personas. Con ello se fomenta el autocontrol, que es un recurso formidable cuando se emplea para lo que fue diseñado.
El problema es que en ocasiones este dique no resulta efectivo y en otras entorpece el proceso natural que debe seguir el procesamiento de una emoción o un problema. Si tomamos en cuenta que hemos evolucionado como seres sociales y que para superar nuestras adversidades hemos necesitado agruparnos, cooperar y trabajar en equipo; compartir nuestras dificultades nuestras dificultades y pedir ayuda quizás sea la vía más natural para la solución de nuestros problemas.
Es el llanto de un bebé el que señala a los demás que hay algún problema y los adultos se preparan para asistirlo. Un bebé sabe pedir la ayuda de los demás de manera natural, sabe que es el camino si quiere salir adelante. Más adelante es cuando las cosas se tuercen, cuando nos dicen que no debemos llorar o mostrar nuestras emociones.
Cuando este aprendizaje se ha consolidado, solemos sentir vergüenza o culpa al pedir ayuda o somos demasiado orgullosos para hacerlo. En cualquier caso, con ello renunciamos a nuestra esencia social que es la que nos ha hecho ser la especie dominante, para bien o para mal.
Las heridas emocionales son como las físicas y compartirlas con otros equivalen a la limpiarlas con agua, jabón o alcohol. Si no compartimos nuestras dificultades se enquistan en el alma y se llenan amargura y resentimiento (que es el equivalente al pus). Limpiarlas es necesario, pero requiere de mucho valor y fortaleza.
