Artículo revisado y actualizado en septiembre de 2026
Resulta difícil que alguien no conozca a alguien que consuma ansiolíticos (Ej. Orfildal, Lexatín, Valium, Tranxilium o Trankimazin): un familiar, un amigo, un compañero de trabajo o estudios. En agosto pasado la prensa retomaba a este problema en un tono muy contundente. Hablaba de una “España anestesiada (y drogada)”.
Los datos de los que el autor del trabajo se hace eco, nos muestran que en 2021 casi se arribó a las 100 dosis diarias de ansiolíticos e hipnóticos por cada 1000 habitantes. Si comparamos estos indicadores con los de 2019 podremos ver cómo el consumo de estas sustancias se incrementó en más de un 5%.
Otro dato de peso es que el consumo se va incrementando con la edad, hasta alcanzar niveles alarmantes entre los adultos mayores, sobre todo para las mujeres. Sin embargo, el problema va mucho más allá de comprender que, aunque estas drogas las prescriba un médico son muy adictivas.
Si la solución cuando las personas van ganando tolerancia es aumentar las dosis, mal camino llevamos a la hora de prevenir la dependencia. El problema también incluye el hecho de que, en ausencia de otros recursos que impliquen adecuadas estrategias intervención psicológica, engancharse a estos medicamentos se va convirtiendo prácticamente en la única forma de afrontamiento disponible.
